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Que vivimos en una sociedad hiperviolenta, que desde el propio poder favorece la ley del más fuerte, es cada día más evidente. Se habla de violencia de género, de violencia en las aulas, el número de delitos ha crecido en los últimos años a un ritmo constante del 12%, las mafias se mueven a su antojo, los terroristas son premiados
por asesinar, los delincuentes cumplen penas de risa…, el propio Estado violenta la voluntad de los ciudadanos imponiendo por la ley y la coacción leyes que van contra los usos y costumbres sociales….
Naturalmente, después se ponen en marcha innumerables ‘observatorios’, ‘comisiones’, ‘planes’, ‘leyes’, para intentar atajar lo que se ha sembrado antes y, no se quiere ver el problema fundamental: el sistema ha convertido al hombre en un objeto y, como tal, sin más valor que el meramente instrumental, por lo tanto todo el que se opone a mi voluntad pude ser destruido sin mayor problema. Así no puede extrañarnos que genocidas como los abortistas pasen como grandes benefactores, asesinos como Carrillo sean celebrados por muchos, partidos que basan su poder en el exterminio de sus contrarios, sean reverenciados como ‘progresistas’. En definitiva, la ley del más fuerte, la ley de la jungla.
Esta es la sociedad que tenemos, y que no se arregla con leyes, sino con principios -de los que, naturalmente, ésta abomina-. No podemos sembrar el odio y la destrucción y después esperar que éste no fructifique. Es la sociedad del engaño y la mentira, que, por desgracia, de momento les va funcionando. Aunque a costa de la vida y la felicidad de los ciudadanos.




