0
La democratización de la información que ha instaurado Internet ha conseguido un verdadero milagro sobre todo en los países democráticos. En el caso del nuestro, se ha concretado poniendo al constitucional e inalienable derecho a la libertad de expresión al alcance de la mano, o mejor dicho, del teclado del ciudadano. Los habituales del ciberespacio bien lo sabemos. Ahora, gracias a los blogs o bitácoras personales, cualquiera que desee cibercomunicar, verbigracia, elucubraciones, y mientras respete el derecho al honor, a la intimidad y a la propia imagen, y proteja a la juventud y a la infancia –tal como reseña nuestra Constitución-, puede sentir la adrenalina que produce la retroalimentación comunicativa o feed-back a escala planetaria. Para los que ejercemos de bloggers la experiencia es palmaria: al momento de haber colgado nuestro post o publicación en la weblog, un universo de interactividad comienza a dar señales de que siempre hay alguien al otro lado: comentarios; sindicaciones; hipervínculos… El periodista estadounidense Dan Guilmor, quien acuño el término “periodismo ciudadano”, define a esta nueva estrategia comunicacional con la metáfora de una “conversación colectiva”. Sin embargo, y con perdón del señor Guilmor, el periodismo, que no es otra cosa- a mi modesto entender- que hacer de la realidad noticia y de esta razón colectiva, es algo muy distinto a abrirse un blog y con el mucho o poco caletre que a uno le haya dado Dios, escribir lo que mejor le parezca. Esto será testimonio, comunicación, información… lo que ustedes quieran seguido del apelativo ciudadano/a, pero no por narices periodismo. Si no prueben a abrirse un blog y experimenten como eso del ejercicio periodístico se queda corto ante la vasta versatilidad de la ciberexpresión ciudadana.




